4 de enero de 2012

Replantearse Una Pregunta.

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pregunta Desde chico me acostumbré a oír lo que parecía ser el meollo de la existencia resumido en tres simples preguntas: ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Hacia dónde vamos? Tan acostumbrado estaba a estas preguntas que, incluso, llegué escribir dos capítulos de una obra que feliz mente nunca terminé y que respondería, desde mi perspectiva adolescente, esas cuestiones.

Sin embargo, mientras leía a algunos maestros de la literatura, topé con un replanteamiento tan sutil y tan poderoso de la última de las tres preguntas, que me hizo pensar que la pregunta misma podía abrirnos o cerrarnos el futuro, dependiendo de cómo nos la hacemos personalmente.

El futuro.

Cuando nos preguntamos “¿hacia dónde vamos?” pareciera que nos entregamos a la fuerza aciaga de un destino en el que toda nuestra participación consiste solo en anticipar. Es decir, podemos vislumbrar de alguna manera, por la tendencia de la sociedad, por la tendencia de nuestras elección incluso, hacia dónde nos dirigimos, pero no podemos hacer más que aceptar, como decían los abuelos, “que se haga la voluntad de Dios”, pero no como quien lo acepta con resolución (que algo de virtud hay en ello) sino como quien se resigna a no tener la oportunidad de cambiar dicha voluntad. Preguntarnos ¿hacia dónde vamos? es la pregunta del niño que se sube al coche de su padre esperanzado a que él lo conduzca hacia el parque de diversiones, pero resignado si esa salida tiene como destino al dentista.

Horizonte ¿Y si nos planteamos esa pregunta de otra manera? Cuando observamos detenidamente nuestra historia, notamos que el constante devenir de nuestra raza, con sus éxitos y fracasos, esboza la realidad de que la pregunta que hemos tenido siempre en mente no es “¿hacia dónde vamos?”, sino “¿Hasta dónde podemos llegar?”, reacios a aceptar al sino como algo hecho e inmutable. Incluso enfrentando situaciones que no controlamos directamente, esta forma de plantearnos el futuro (¿A dónde puedo llegar?) pone el énfasis en lo que sí podemos controlar: nuestras actitudes, nuestra voluntad, nuestro carácter. Es esto lo que hace que un hombre como Todd Huston pueda tener el valor, la entereza y el entusiasmo para lograr en 66 días el record de ascender los picos más altos de cada uno de los cincuenta estados de Estados Unidos, a pesar de haber perdido una pierna a la edad de 14 años. Pero, también, esa forma de plantearse la pregunta es la que mueve a una madre soltera a romperse la espalda abnegadamente, para hacer llegar a sus hijos a un futuro mucho mejor.

Y tú, ¿cómo te harás esta pregunta? ¿Seguirás en el “hacia dónde vamos” dejando que otros dirijan tu viaje, o decidirás cuestionarte a ti mismo “hasta dónde puedes llegar”? Tal vez esto sea solo un ejercicio pueril, pero si ha servido para que tú, mi apreciado lector o mi querida lectora, hagas una pausa y pienses en tu futuro, entonces ha valido la pena.

31 de octubre de 2011

Seguir, ese es el secreto.

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pasos Cuando el camino se pone cuesta arriba

y tus fuerzas comienzan a flaquear;

cuando parece que el viento te derriba

y ya sin ánimo, comienzas a dudar

que tienes un lugar en este mundo,

que puedes hacer tú la diferencia

y en un grito desgarrador, iracundo,

te enfrentas a la inclemencia

de una existencia que te sabe injusta,

llena de dolor, tristeza y miseria,

en la que una vida que se alza augusta

es solo una lejana y vana quimera,

no te desanimes, pues cree solamente

en las posibilidades que ante ti se alzan,

bajo el disfraz de un fracaso impertinente

que tal vez a tus sueños descalzan,

solo para enseñarte por suerte

que de la excelencia este es el secreto:

seguir tras tu sueño hasta la muerte,

seguir y enfrentarse a cada reto.

perseverar1

4 de octubre de 2011

Morir con gloria.

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destino «Morir es el destino común de los hombres; morir con gloria es el privilegio del hombre virtuoso»

Isócrates

Si de algo podemos estar seguros en esta vida es que todos vamos a morir. Pero nuestra atención no debería estar en la clase de velorio que tendremos, ni si asistirán sólo nuestros seres queridos. Más bien, sería bueno que pensáramos en el legado que vamos a dejar cuando muramos y, para ello, sólo hay un camino: la virtud.

Dejar un legado (morir con gloria, según Isócrates) es un privilegio, mas está vedado para quienes carecen de sueños e ideales. Aquellos que se conforman con lo poco, que creen que son lo suficientemente buenos, que no necesitan crecer ni un centímetro más, morirán la muerte común de los de su estirpe. Pero quienes no se conforman a la moral común, sino que buscan los Principios elevados de vida, y tienen sueños por los que luchan e ideales que son su horizonte, ellos morirán privilegiados, porque habrán tocado aunque sea una vida.

Pero la virtud no es dogma, no es imposición, es el desarrollo del carácter. No es virtud la que se hereda, ni la que se enseña en las escuelas o universidades, por mucha ética que se pretenda inculcar. La virtud va más allá de eso, busca la perfección. Que no existe en nuestra condición humana algo perfecto (ni persona, ni familia, ni organización) es cierto, pero el hombre y la mujer de virtud no busca para encontrar algo perfecto, sino lo que puede ser perfectible.

Todo es perfectible en esta vida, y así el santo, el virtuoso, el genio, busca en sus sendas esa perfección. La excelencia de su vida no está en que crean ser la cúspide, más bien está en que siguen caminando para poder atisbarla aunque sea de lejos. Esta es la gloria del hombre virtuoso: seguir mirando hacia el cielo aunque su vida sea la más alta. No se conforma con ser bueno o muy bueno, quiere ser excelente.

Tomado de mi e-book “En la Búsqueda de la Excelencia” pág. 172, 173.