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9 de diciembre de 2010

El Sentido de la Vida (Relato para Reflexionar)

2759902856_218c47c1ee Cierto día, un joven filósofo que andaba por las calles pensando en el significado de la vida, decidió interrogar a algunas personas para saber qué podían enseñarle sobre su inquietud. Se dirigió primero a un hombre rico que se paseaba en un suntuoso carruaje y le preguntó: “¿Qué significa la vida para usted?” El hombre rico lo miró y dijo: “Francamente, nunca me lo he preguntado, pero creo que puedo decir que la vida significa amasar fortunas, crear negocios, tener mucho tiempo libre, tener fama… – hizo una breve pausa mientras suspiraba para murmurar las últimas palabras de su definición – ser feliz…” El filósofo vio en los ojos de este hombre el vacío, pero aun así preguntó: “¿Y es feliz?” El rico se limitó a responder: “Se me hace tarde para llegar una cita muy importante, creo que podemos seguir con esta conversación, algún día de estos”.

El filósofo reflexionó para sí que si un hombre rico no podía decirle con claridad el sentido de la vida, entonces le preguntaría a un pobre para que lo ayudara a comprender. Buscó por las calles y encontró a un hombre muy pobre que luchaba todos los días para alimentar a su numerosa familia. Se acercó a él y lo interrogó: “Amigo, ¿qué significa la vida para usted?” La respuesta que recibió fue: “No tengo tiempo, debo trabajar, tengo una familia que alimentar”. El filósofo insistió: “Solo tomará un par de minutos de su tiempo, y me gustaría saber lo que usted piensa sobre el sentido de la vida”. Con un gesto de fastidio, y luego de resignación el hombre pobre respondió: “No lo sé… supongo que amasar fortunas, crear negocios prósperos, tener tiempo libre para responder preguntas que nunca me había planteado, tener fama… – y murmurando entre suspiros terminó – ser feliz…” – “Y ¿es usted feliz?” – preguntó el filósofo, aunque había notado el mismo vacío que en los ojos del hombre rico. El hombre pobre salió como de un sueño: “Ya le dije que no tengo tiempo, debo sobrevivir como puedo; pero algún día tendré suficiente como para que volvamos a conversar”. Y siguió su camino con paso más apresurado.

Chasqueado por las respuestas, el filósofo comenzó a preguntar a cuantos pudo: Un joven universitario respondió que tener un título, trabajar y hacerse rico, era todo el sentido de la vida que necesitaba. Un ama de casa le dijo que esa pregunta era ociosa, y que ella tenía más de qué ocuparse con tantos quehaceres en su hogar. De alguna manera, todos cuantos eran preguntados estaban muy ocupados y nunca se habían planteado pensar sobre el sentido de la vida. Incluso hubo alguno que aseguró el sin sentido de la vida con una elaborada proposición dialéctica. Y algún otro, con la impostura de un aire místico, aseguró que el sentido de la vida era unirse al ser impersonal del universo, en una nebulosa sentimental de vacío.

Cansado e insatisfecho por todas aquellas respuestas, el filósofo se sentó en la banca de un parque. Por un momento pensó que era inútil seguir con la faena. “Amar” – le dijo un hombre anciano vestido de blanco que estaba en la banca donde se había sentado y alimentaba unas avecillas con un trozo de pan. – “El verdadero sentido de la vida está en amar. Es eso lo que has andado preguntando ¿cierto?” Debido a su decepción el filósofo no había notado la presencia de este anciano, y un poco desorientado preguntó: “¿Amar? ¿Cómo puede ser ese el sentido de la vida?”

anciano “Muy sencillo” – respondió el anciano. – “Cuando amas un sueño, cuando amas lo que haces, cuando amas a tu pareja, a tus hijos, y a la vida misma, entonces puedes enfrentar los capítulos amargos que sin duda vendrán. Es que amar es un principio y un verbo. Requiere decisión, la decisión de ser verdaderamente libres y responsables de nuestra propia y singular existencia. Yo descubrí esto tarde en mi vida. Cuando era joven buscaba títulos, fortuna y fama, y lo conseguí solo para darme cuenta de que no era realmente feliz. Así que seguí amasando fortuna, frecuentando chicas hermosas, dándome mucho tiempo libre para no caer en la rutina; pero seguía sin ser feliz. Pasaron los años y un día mis médicos me dijeron que me daban solo seis meses de vida. Mi mundo se derrumbó. Durante una semana no supe qué hacer. Seis meses son tan poco. Entonces me pregunté: ¿Qué es lo que realmente he querido hacer de mi vida? ¿Amo lo que hago? Desde entonces han pasado treinta años. Ahora tengo ochenta y mantengo aún la ilusión de saber que cada día es una nueva oportunidad para vivir de verdad”.

9 de noviembre de 2010

La Fortuna y la Excelencia a la puerta… Del Epílogo de “En la Búsqueda de la Excelencia”

puerta … Cuando la Fortuna tocó a su puerta, el hombre estaba ocupado con su existencia, intentando hacerse rico, intentando ser feliz, intentando gozar de todos los placeres que podía. La Fortuna se dio cuenta que no había sido oída, así que volvió a tocar un poco más fuerte, pero nadie salió a abrirle la puerta. Viendo a través de una ventana, la Fortuna fue testigo de algo insólito: El hombre, que creía tenerlo todo, estaba viendo una pared con una fogata a su espalda y se reía y se exaltaba con las sombras que en aquella pared eran proyectadas por sus propias manos. Al verlo con mayor atención, la Fortuna se dio cuenta que el hombre estaba desnudo, con el cabello enmarañado y con su cuerpo sucio.desnudo-viejo-pastel Entonces llamó a la puerta más fuerte aún, para ver si lograba sacarlo de su trance. Pero no pudo. El hombre seguía absorto en sus sombras, aunque no parecía ser realmente feliz.

La Fortuna pidió ayuda a la Excelencia, para ver si entre ambas lograban despertar de una buena vez al hombre.   Volvieron a tocar la puerta, con fuerza, con insistencia, pero el hombre no se distraía de su juego de sombras. Así visitaron la casa durante días, sin resultados, pero muy intrigadas porque siempre veían el mismo espectáculo, hasta un día, cuando el hombre se puso en pie, caminó desorientado, gritó y dirigiéndose a la pared la golpeó con ambas fortunamanos mientras decía entre sollozos: “¡¿Cuándo vendrá la fortuna?! ¡¿Hasta cuándo voy seguir siendo un miserable?!” Luego pareció calmarse, volvió a su asiento y, en un simple ademán, quedó de nuevo extasiado por sus proyecciones en la pared. Frente a ese cuadro desolador la Fortuna tocó una vez más, pero nadie se acercó a abrir la puerta.

Entonces la Fortuna decidió marcharse dejando a la Excelencia como custodia, por si el hombre algún día decidía salir. La Excelencia aceptó la misión, pues cuando el hombre por fin abriera, ella misma podría llevarlo hasta la Fortuna. Y allí quedó, esperando, a la puerta del hombre, bajo el frío indiferente de la indolencia y la ignorancia. Pero el hombre nunca salió. Ahora nos toca a nosotros escuchar que la Excelencia llama a nuestra puerta, ¿vamos a abrir?

Y la Excelencia sige sentada, esperando que la puerta se abra...

(Tomado de mi E-Book “En la Búsqueda de la Excelencia”, del Epílogo, pág. 268-270)

29 de marzo de 2010

El Gran Espejo…

Un_hombre_est_partiendo_02 Cuando el hombre se levantó, notó que su esposa había estado llorando por la noche al ver un pañuelo húmedo sobre el tocador. Extrañado se dirigió a la cocina y lo que halló fue una estela de caos: platos rotos, vasos por el suelo, sillas volteadas con violencia. Como no vio a nadie, él mismo se preparó un breve desayuno y se marchó al trabajo. El transito ese día fue extraño, todo mundo parecía evitarlo, lo que ocasionó más congestionamiento del que esperaba siempre, pero por lo inusitado del suceso ni siquiera se acordó de enfadarse como solía hacerlo cada día. En la oficina parecía que sus compañeros lo evadían. Saludos a medias, frases entre dientes, miradas furtivas de acusación. Su jefe lo vigilaba constantemente, a cada paso que daba. Se sentía juzgado. A la hora del almuerzo ningún colega lo invitó a almorzar como acostumbraban, por lo que el hombre comenzó a sentirse solo, realmente solo.
La tarde fue igual de desastrosa, y a la hora de la salida el jefe lo llamó para decirle, con un tono de voz parsimonioso y con un discurso lacónico, que estaba despedido. Todo lo que quería entonces era llegar a casa, mas al entrar notó de nuevo el vacío de la mañana. Por un momento se le cruzó el pensamiento de que su esposa lo hubiera abandonado. Buscó por cada cuarto y no halló nada, ni una nota con alguna explicación, ni algún indicio de volverla a ver. La tristeza se apoderó de él, y junto con ella llegaron todas las preguntas: ¿Por qué se fue? ¿Por qué me despidieron? ¿Por qué todos me evitan? No lloró… Se enojó de tal manera que comenzó a tirar todo lo que encontraba, pero su desesperación no desapareció. Cansado, decidió irse a dormir sin cenar, después de todo ¿qué objeto tenía? Y cuando se metió en la cama deseó no despertar al siguiente día…
gothicart274pk2 En la noche tuvo un sueño, o eso le pareció. Una sombra muy alta, cubierta con una capa de la cabeza a los pies, lo sacudió en la cama y sin decir una palabra lo hizo vestirse y salir de la casa. Aturdido por la visión, obedeció en todo hasta que, luego de caminar por un buen rato, todo el paisaje conocido comenzó a cambiar. La sombra iba delante y el hombre, en un momento de valor, atinó a preguntar el lugar hacia donde lo conducía. Sólo hubo silencio. A su alrededor los edificios habían desaparecido; en su lugar, a un lado del camino había un gran peñasco, y al otro un precipicio profundo. El guía avanzaba con paso firme, sin siquiera volver a ver, como si tuviera la plena certeza de que de ninguna manera el hombre podría dejar de seguir sus pisadas. Al llegar cerca de una cueva, el hombre notó que el ser de la capa negra se detenía. “Por fin”, dijo cansado, “por fin te has detenido. ¿Quién eres y qué quieres de mí? ¿Estoy soñando? Dime…” La palabra se ahogó en su garganta cuando la sombra lo tomó del brazo y le señaló hacia la cueva. Debía entrar solo. Temblando de pies a cabeza caminó despacio hacia lo que le pareció una inmensa boca. Adentro escuchó voces; al principio, confusas, pero a medida que se introducía más, se fueron haciendo muy claras. Era su propia voz, junto con la de su esposa, la de sus compañeros, y la de aquellos con los que ocasionalmente se cruzaba. Lo que oyó fueron sus gritos, sus críticas, sus insultos. Se estremeció al oírse a sí mismo con toda claridad, con una lucidez que nunca había tenido. Entonces llegó a una cámara extrañamente iluminada, donde había un gran espejo. A medida que avanzaba hacia el cristal, veía una figura acercándose en el reflejo, pero la figura estaba sucia y desaliñada, con la ropa rota y con apariencia de enfermo. Cuando estuvo frente al espejo se dio cuenta que era su imagen, sin embargo, en forma mecánica comenzó a balbucear:
espejo6lu - ¿Quién eres tú? – preguntó.
- Tú dímelo, – fue la respuesta – si no lo sabes, menos yo.
- Pero, mírame, yo no puedo ser tú. Tengo ropa diferente, no estoy enfermo, no me veo tan mal…
- Por fuera tal vez te veas muy bien, – dijo desde el espejo la imagen del hombre – mas, ¿has visto en tu corazón? Adentro, sí, adentro de ti está tu enfermedad y yo soy su reflejo. Todo lo que te ha sucedido durante el día, ha sido sólo la respuesta a lo que tú ya mostrabas. ¿Te has oído mientras venías para acá?
- Pero, pero… yo… yo nunca pensé…
- Y ese fue tu problema. Nunca pensaste en nadie más que en ti mismo. Nunca diste una palabra de cariño a tu esposa. Tus amigos intentaron ayudarte, pero los alejaste con tus críticas, tus actitudes y tus ofensas gratuitas. O mejor dicho, los alejamos, porque aun si no lo quieres aceptar, tú eres yo.
- ¿Puedo hacer algo para remediar mi condición? – gimió el hombre, postrándose impotente con la cabeza entre las manos, mientras las voces que había oído antes resonaban aún más cerca de él.
- Esto no es un cuento de navidad… Cada día hemos tenido nuestra oportunidad; y cada día la hemos dilapidado sin preocuparnos de nada más, y de nadie más. ¿Por qué te importa ahora? Ya hiciste tú elección.
- ¡No puede ser, no puede ser! – gritó el hombre mientras se ponía de pie y golpeaba el espejo.
Entonces el toque de una mano en su hombro lo detuvo; por el reflejo pudo ver que se trataba del mismo ser misterioso que lo había llevado hasta allí. Al verlo junto a sí no tuvo dudas. Su deseo habría de cumplirse, porque no se volvería a levantar por la mañana.
Y nosotros, ¿qué veremos cuando estemos frente al gran espejo? Hoy es el momento para hacer nuestra elección.

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20 de julio de 2009

Se busca un hombre… y una mujer.

Diogenes_looking_for_a_man_-_attributed_to_JHW_Tischbein Se cuenta que en la antigüedad, cuando vivía el sabio Diógenes, éste salió un día a plena luz del sol con una antorcha, alumbrando con ella el rostro de cuantos hombres encontraba y repetía mientras tanto “¡Busco a un hombre!”.

La búsqueda.

“Busco a un hombre”, sí, pero no sólo a un hombre, sino también a una mujer; mas no sólo a uno de cada género, sino a todos aquellos que tengan ideales y luchen por ellos. Considero que ésa misma búsqueda de Diógenes debe ser reiniciada hoy, y sin embargo, el primer lugar donde deberíamos comenzar a buscar no es en las plazas, ni en los mercados, sino en nuestro propio corazón, en nuestra propia intimidad donde no tememos ser realmente quienes somos, sin preocuparnos por los convencionalismos tradicionales con los cuales nos han pre-programado durante mucho tiempo.

Realmente se busca a un hombre y a una mujer, de altos ideales, con metas, que viven con estándares que sobrepasan a los de la mayoría, que viven la excelencia. Se buscan hombres y mujeres que se mantengan firmes frente al deber, que no teman defender la justicia, que no se compren, que no se vendan, que sean auténticos en sus caracteres, fieles en su vida. El mundo necesita esta clase de hombres y mujeres; y los necesita aunque no lo admita, ya que a veces parece más fácil dejarse llevar por la corriente de la multitud, pero para los seres excelentes no existe el “a veces”, sencillamente porque no están dispuestos rebajar sus ideales sólo por el temor de ofender a quienes no los poseen. El ofendido, tendrá que contentarse con ver de lejos lo que significa vivir una vida exitosa.

Exitosa, sin embargo, no significa exenta de cuidados y de luchas, sino alegremente dispuesta a seguir creciendo y aprendiendo, por lo que quien ve en el mal que le sobreviene una oportunidad, saldrá exitosamente fortalecido.

¿Eres tú?

hombre_de_vitruvio Finalmente, ¿eres tú el hombre o la mujer que la vida anda buscando? ¿Estás escuchando el llamado a vivir una vida de excelencia, ahora, cuando a veces se piensa que tener firmes principios y claros ideales es anticuado? Digo que a veces se piensa, porque parece que un pequeño, pero creciente número de personas está volviendo a reconocer que se necesita más que pensamientos positivos, más que teorías motivacionales, más que terapias… Lo que se necesita es volver a vivir un estilo de vida, guiado por principios, que fortalezca el carácter. Si Diógenes saliera hoy en tu ciudad con su antorcha a pleno mediodía, y te encontrara por el camino, y alumbrara tu rostro, ¿crees que por fin podría acabar su búsqueda y decir: “éste es el hombre (o ésta es la mujer) que andaba buscando”?

¡La respuesta está en ti, encuéntrala y a Vivir la Excelencia!

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