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11 de julio de 2011

Disciplina – II

Que-es-una-meta «La verdadera disciplina no se impone. Sólo puede venir del interior de nosotros mismos»

Dalai Lama

Hace algunos años, mientras escuchaba una charla sobre administración del tiempo, el exponente hizo una pregunta: “¿Qué es la disciplina?” Luego de preguntar a dos personas antes, se dirigió a mí. Mi respuesta fue: “La disciplina es un profundo Sí en nuestro interior que nos permite decir No a todo aquello que puede distraernos de nuestras metas”. Me vio, incrédulo por la respuesta que le había dado y, sin hacer ningún comentario, hizo la misma pregunta a otra persona que dijo: “La disciplina es un conjunto de normas que se establecen para que realicemos las actividades”. “Eso, – replicó el expositor – eso es lo que andaba buscando, un conjunto de normas”.

Como tú has notado, mi respuesta no es original mía. De hecho, no pretendo que las ideas expuestas en este sitio han nacido exclusivamente en mi cabeza, porque rápidamente podrás constatar que las personas de excelencia de todos los tiempos han vivido de una manera extraordinaria, y es de esos seres que aprendemos cómo vivir por encima de la mediocridad.

En mi humilde opinión, aunque las normas son importantes, ellas solas nunca podrán darnos la disciplina necesaria para alcanzar nuestros ideales, sencillamente porque son prácticas que no se pueden aplicar indistintamente a todo el mundo. Es más, creer que las normas garantizan nuestra disciplina es fijar nuestra atención en motivadores externos y, como vez tras vez nos lo ha ratificado la vida, si no nos hacemos responsables de nuestros propios pensamientos y motivaciones, no podremos alcanzar nuestro máximo potencial.

Un ardiente Sí en nuestro interior es estar enamorados de nuestro sueño, y por ese amor comprometernos a su realización. Cuando amamos nuestro ideal, entonces creamos las normas y prácticas necesarias para alcanzarlo. Lo curioso es que estas normas que creamos no se parecen a las sociales, porque la disciplina no se impone… nace en nuestro interior, nace de encontrarle sentido a lo que hacemos, nace del “por qué” que nos hace enfrentarnos a cualquier “cómo”.

Adaptado de mi e-libro, “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 168

7 de julio de 2011

Disciplina – I

perseverar1 «La disciplina es el alma de un ejército. Hace formidable a un pequeño grupo, le da fuerza a los débiles y sube la autoestima de todos»

George Washington

No se puede subestimar el poder de la disciplina, porque con ella se alcanzan las alturas a las que aspiramos. Los hombres y mujeres ilustres de la historia han sido muy disciplinados para realizar aquello en lo que habían puesto todas sus esperanzas. Algunos de ellos llegaron a hacer afirmaciones como que “el genio es 1% de talento, más 99% de transpiración”, porque creían que aunque tenemos habilidades naturales muy importantes a la hora de buscar nuestros ideales, sólo el desarrollo constante de dichas habilidades puede hacer una diferencia real.

Pero, ¿puede alguien ser muy organizado y no ser disciplinado? Sencillamente, sí. La disciplina no tiene que ver con organización, por muy importante que sea esta. La organización es el deseo que tenemos de realizar nuestras actividades sin pérdidas de tiempo, es poner en un papel los horarios para realizar esta o aquella tarea; pero sin disciplina, todo eso es sólo un buen deseo sobre el papel.

Nuestra autodisciplina nos fortalece, puede subir nuestra autoestima, puede hacer de nuestras familias y organizaciones entidades formidables. Y esta autodisciplina surge del compromiso que tenemos con nuestros sueños.

Inmediatamente viene la organización, el poner en primer lugar lo verdaderamente importante para nuestra vida, y como somos personas disciplinadas podemos llevar a cabo aquello que nos proponemos.

En la siguiente reflexión vamos a profundizar un poco más al respecto de esta virtud tan importante para quienes mantenemos nuestros pasos por la senda de la excelencia.

Tomado de mi e-book “En la Búsqueda de la Excelencia”

13 de junio de 2011

Alejando al invierno.

chicatriste1 «La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano»

– Víctor Hugo –

Al permitir que las negras nubes de la preocupación se manifiesten en nuestro semblante, perdemos algo más precioso que nuestra apariencia, perdemos nuestra serenidad. Pero al sonreír, ése sólo hecho es como dejar que un rayo de luz atraviese una habitación totalmente oscura y así se puede saber que más allá existe un lugar iluminado.

Lo curioso es que si buscas en Internet fotografías de los hombres y mujeres más ilustres de la historia, casi todos ellos han sido retratados de forma solemne y seria. Esto ha creado una imagen que no es real respecto a ellos, como si para hacer grandes cosas y triunfar en la vida debiéramos ser sombríos o calculadores, o tan solemnes y serios que ni una sonrisa pueda escaparse de los labios.

Claro que eran seres muy serios, solemnes y trabajadores, pero también sabían disfrutar de la vida, sabían reír de sí mismos, sabían sonreír a los demás. Tal vez no era tan evidente porque sus vidas estuvieron dedicadas al trabajo, al estudio, al experimento. Y, tal vez no han sido comprendidos, porque su placer no derivaba del mismo lugar del que provenía el de las personas sin ideales.

La sonrisa del ser excelente nace de la satisfacción, no sólo de la tarea realizada, sino de la experiencia que vive en el camino del desarrollo constante. Sabe que debe defender sus opiniones, pero no debe esgrimirlas como verdades absolutas y, cuando encuentra nueva evidencia, es capaz de Nacimiento del sol reconocer sus fallos y seguir avanzando. Esto le causa placer, esto lo hacer sonreír, pues la vida es un experimento que no acaba nunca. ¿Por qué malgastar la vida quejándose? El hombre y la mujer con altos ideales también tienen problemas, pero se levantan con optimismo, sonríen y permiten a su mente ver soluciones que de otro modo no podrían ver. Alejar el invierno de tu vida comienza con una sincera sonrisa, inténtalo.

(Tomado de mi e-book “En la búsqueda de la excelencia”, pp. 130)

20 de mayo de 2011

¿Triunfar o ir triunfando?

triunfar «No se trata de triunfar en la vida, sino de ir triunfando»

Doménico Cieri Estrada

A medida que adquirimos nuevos conocimientos por obra de nuestra inversión en la lectura, y a medida que invertimos en otras áreas de nuestra vida, como el cuidado de nuestro cuerpo, el fortalecimiento de las relaciones importantes, el desarrollo de nuestra espiritualidad (esto último tiene diferentes connotaciones para diferentes personas), nos damos cuenta que nuestra existencia no se trata de alcanzar un triunfo lejano, idílico, sino de ir triunfando todos los días.

El ideal que nos formamos, los sueños que albergamos, son los guías maestros con los que vivimos, mas para acercarnos a ellos hace falta que todos los días demos un paso. Cada uno de estos pasos es un triunfo en sí mismo, que sirve para ir construyendo la gran realización de nuestra vida. Esto tiene que ver con las actitudes que tenemos, con los hábitos que cultivamos, con los pensamientos que acariciamos. Siempre tenemos la oportunidad de pensar en aquello que realmente queremos para nosotros y, concentrando nuestros pensamientos en ello, comenzar a alejar de nuestra vida la actitud que podría limitarnos, o cambiar los hábitos que entorpecen nuestra efectividad.

Lo que la frase escogida para hoy nos dice es que el triunfo no se alcanza si no se ejercita, de allí la necesidad de ir triunfando cada día, pues no es Horizonte necesario hacer una gran cosa para ser grande; hay muchas cosas pequeñas que pueden hacer realmente la diferencia. Si sólo te decides a sonreír hoy, si te decides a ver oportunidades en vez de calamidades, si comienzas a invertir en tu conocimiento, si decides que hoy vas a comenzar a cuidar tu cuerpo, etc., ya estarás triunfando, pues cada decisión que tomamos para ser mejores cada día es un gran primer paso en la senda de la excelencia.

(Tomado de mi E-book - “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 68,69)

4 de marzo de 2011

Amor: El sentimiento.

amor verdadero «El amor es invisible y entra y sale por donde quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos»

Miguel De Cervantes Saavedra

Si el amor es un Principio que se encarna en la acción, en el verbo, ¿dónde quedan los sentimientos? ¿Acaso no son importantes? La respuesta es que los sentimientos son el tercer nivel esencial de la escala natural del amor. Y claro que son muy importantes; todos sabemos del impacto positivo que tiene en nuestro cuerpo y pensamientos cultivar sentimientos gratos y lo perjudicial que es mantener sentimientos negativos.

Al hablar del amor como Principio y verbo, de ninguna manera eliminamos su dimensión emocional, pero la ponemos en perspectiva. Tampoco esto trata de hacer una evaluación del amor, pues, como dice William Shakespeare, «es amor bien pobre el que puede evaluarse».

Sin embargo, al revisar varias frases célebres, al leer algunos pocos pasajes completos de grandes autores o pensadores, una cosa parece clara: el sentimiento que despierta el amor es el resultado de decidir entregarnos a él. Al final es el amor el que nos hace a nosotros, es el que nos permite ver la futilidad de todo divisionismo, es el que pone de relieve lo inútil e inhumano que es cualquier guerra, cualquier rencilla y cualquier ilusión étnica.

Es el Principio el que despierta en nosotros la fragilidad que nos permite conmocionarnos ante el sufrimiento ajeno, y es el que nos permite sobreponernos a nuestro propio sufrimiento. Los sentimientos que surgen del verbo amar son más profundos que las explosiones químicas de nuestros cerebros, y también son más duraderos. En este punto, nuestros sentimientos se convierten en señales que nos dicen cuándo nos estamos alejando de una vida plena, porque hay una gran simbiosis entre pensamientos arraigados a Principios elevados y sentimientos agradables y positivos. Esto es lo que permite que veamos la vida en forma abundante y que la disfrutemos al máximo.

Tomado de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 202-203

27 de febrero de 2011

Amor: El verbo.

dar001 «El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece»

Jacinto Benavente

En la escala natural del amor, según mi opinión, hay tres niveles que es necesario explorar: El primer nivel consiste en aceptar que es, ante todo, un Principio, de eso hemos conversado un poco en las dos reflexiones anteriores. El segundo nivel esencial es la encarnación del primero. No podemos quedarnos en el Olimpo teorizando sobre lo maravilloso que es el Principio del amor, es necesario bajar a la tierra a vivirlo. Esta encarnación es el verbo amar, la acción.

A veces oímos declaraciones tristes del tipo: “se acabó el amor”. Sin embargo, comprender que amar es acción, destruye la lógica sobre la que se basan las declaraciones de ese tipo, porque el amor no depende de las circunstancias, ni de las actitudes de los demás. Amar es una elección personal, es la puesta en práctica de nuestra libertad interior, de nuestro propio valor personal. Y es que la bondad, la compasión, la misericordia, la amabilidad, son los frutos de estar en este segundo nivel, pero que no podríamos tener si no hemos cultivado previamente el Principio. La razón para que esto lleve un orden es muy sencilla: No podemos esperar recibir aquello que no damos, y tampoco podemos dar aquello que no tenemos. Lo interesante es que son las personas inseguras de sí mismas las incapaces de amar a este nivel, por eso pervierten el orden natural y centran sus vidas en la emoción sentimentalista de un momento. Pero cuando amamos como Principio y verbo, comprendemos que el verdadero amor no está en la ausencia de faltas, pues, todos cometemos errores y fallamos; y también nos fallan a nosotros, aun aquellos a quienes más respetamos. Mas estamos seguros, porque nuestra seguridad está en los 060227dar Principios que abrazamos para vivir, así ganamos el valor para poder perdonar y seguir amando. Bien lo ha dicho Leo Roskin: «El débil es el cruel. La amabilidad sólo puede esperarse del fuerte».

Tomado de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 200-201

25 de febrero de 2011

Amor: La verdad.

fraternidad «El amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación»

Rabindranath Tagore

En mi humilde opinión, cuando descuidamos el conocimiento de este Principio (el amor) estamos perdiendo la oportunidad de avizorar, aunque sea de lejos, el poder que rige todo lo que nos rodea. No podemos negar las atrocidades ocurridas a lo largo de nuestra historia, las hecatombes humanas realizadas por otros humanos; la corrupción e inmoralidad, o la palabra de ofensa que dimos a aquellos más cercanos a nosotros el día anterior. No podemos negar estos episodios oscuros; pero tampoco podemos negar que en medio de estas tinieblas siempre ha brillado un rayo de luz, una sonrisa sincera, una vida ejemplar, un discurso que ha intentado devolvernos a la realidad de nuestra fraternidad.

Tal vez sea demasiado abstracto hablar del amor como un Principio, pero cuando meditamos en ello, poco a poco va tomando su verdadera dimensión en nosotros. No se trata de eros ni filos, es ágape, una conexión con lo sublime. Es aceptar, tolerar, respetar. Incluso, como Principio, el amor no nos pide que sintamos ninguna clase de afecto por aquellos que nos hacen daño, lo que nos exige es que los aceptemos y los respetemos. Para amar a los demás no tienen que gustarnos, sólo necesitamos comprender que son como nosotros. De esta manera el amor es la verdad, pues nos dice que somos hermanos. Manos-amigos-humanidad-fraternidadToda discusión socio-política, económica, religiosa, étnica o de cualquier otra índole carece de sentido frente a este Principio. Una historia lo dice así: Un árabe preguntó a dos compañeros: “¿Cómo saben cuándo ha llegado el día?” “Fácil – dijo el primero – cuando no tengo que usar la antorcha para ver el camino”. “No, – replicó el segundo – es cuando puedes ver el cielo azul y limpio”. “Se equivocan, – concluyó suavemente el que hizo la pregunta – es cuando vemos a los ojos de otro y podemos llamarlo ‘hermano’”.

Tomado de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 198, 199

23 de febrero de 2011

Amor: El Principio.

amor-rev «Todos hemos nacido para el amor... Es el principio de nuestra existencia, como también es el fin»

Benjamín Disraeli

El Principio que lo llena todo, el que lo motiva todo, el que es también el fin de nuestra existencia, es uno de los principios menos comprendidos en nuestros días. Se lo ha rebajado, se lo ha mutilado, pero a pesar de eso su realidad no puede ser ignorada sin sufrir las consecuencias negativas de abollar la esencia de su significado más amplio. El Principio al que me refiero es el amor.

Este Principio tiene lo que considero, una escala natural; pero antes de examinar los tres peldaños esenciales, es necesario proponer lo que no es este hito tan vital para el desarrollo personal y social-interdependiente.

En primer lugar, el amor no es una práctica. Aunque las normas y prácticas sean importantes en la sociedad, el amor no depende de las reglamentaciones sociales o políticas, está mucho más allá de eso. Tampoco el amor es un valor, por mucho que sea importante valorar el Principio. El hecho es que no depende de nosotros asignarle valía al Principio del amor, pues este se aquilata por sí mismo (y se renueva por sí mismo). Tampoco es un sentimiento ni un proceso químico sin más, por mucho que estimule nuestro sistema nervioso y nos haga segregar la endorfina que tan bien nos hace sentir. El problema real de poner énfasis en el amor como un sentimiento es la variabilidad inherente de las emociones, su inconstancia a la hora de establecer relaciones fuertes y duraderas.

Claro está que todo lo anterior tiene su lugar en el amor, pero ese lugar es secundario. Si queremos vivir una vida plena, excelente, es necesario que aprendamos lo que significa el amor como Principio, porque juntos notaremos que al concentrarnos en la esencia de su sentido y alcance, todo lo demás encajará maravillosamente.

Tomado de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 196-197.

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17 de febrero de 2011

Un Día a la Vez…

«Nada debería ser más precioso que el valor de cada día»

Johann W. Goethe

La frase de Goethe para hoy me parece relevante por una sencilla razón: Las personas de excelencia viven la realidad del día con todo el entusiasmo del que son dueños. No viven en el pasado, porque aunque puedan tener buenos recuerdos, el pasado es una ilusión. Tampoco viven de la ensoñación sin sentido, porque el futuro es también una ilusión.

Las personas de excelencia aprenden de la experiencia, es cierto, pero reconocen que cada día al que se levantan es muy diferente del anterior, por lo que no creen que los mismos métodos que funcionaron antes puedan volver a funcionar, y buscan nuevos caminos, nuevas ideas. Como son personas guiadas por Principios, saben aplicar éstos a los nuevos desafíos que encuentran en el camino.

Para las personas de excelencia los sueños son importantes, tienen altos ideales y estándares diferentes de la mayoría, pero reconocen que no pueden quedarse de brazos cruzados en una espera insensible, así que se levantan por la mañana dispuestos a acercarse un paso a la vez a su grandioso horizonte.

En esencia, todo lo que tenemos en realidad es este día, por esa razón es imprescindible que le demos el valor que se merece, porque luego se nos va y no volverá a repetirse. Todo pensamiento, toda actitud, debiera reflejar nuestro deseo de aprovechar este día al máximo, para ser felices, para acercarnos un poco más a la realización de nuestra vida, para decir a las personas importantes cuánto las queremos.

iStock_000006546852XSmall Como personas excelentes es nuestro privilegio vivir un día a la vez, disfrutando de lo que nos traerá, aprendiendo de las nuevas experiencias, forjando nuevas ideas. Y si el día no nos va como queríamos, no debemos desesperar, porque no tenemos otro días más valioso que hoy. Es más, cada prueba que enfrentamos nos sirve para evaluar si estamos dispuestos a pagar el precio de vivir un nuevo día. ¿Estás dispuesto?

Reflexión tomada de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia” pp. 60-61

11 de febrero de 2011

No entregues tu dignidad.

1228163552 «Nadie puede herirte sin tu consentimiento»

Eleanor Roosevelt

Cuando nuestra dignidad no reside dentro de nosotros, sino que dependemos del qué dirán y de las circunstancias para determinar cómo vamos a vernos y a sentirnos respecto de nosotros mismos, es fácil ser heridos.

No estoy diciendo que debemos desconfiar de las personas y mirarlas con recelo. Tampoco estoy diciendo que quienes nos rodean están planeando hacernos daño; pero, debemos recordar que ellos tienen suficiente con sus propias vidas, como para ocuparse también de la nuestra. Además, cuando depositamos nuestra valía en manos de otros, creamos falsas expectativas que nadie, por muy bien intencionado que sea, puede cumplir; es por esa razón que debemos tomar nuestra dignidad en nuestras propias manos de una vez por todas, para aprender a disfrutar el vivir con nosotros mismos.

Hace tiempo escuché esta historia: Gandhi viajaba en un tren junto a un hombre tosco, iracundo, que gritaba por todo e iba escupiendo a cada momento. Mucha gente que había reconocido a Gandhi lo miraba fijamente mientras él seguía al lado de aquel irreverente hombre. Al llegar a la estación y bajarse, otro hombre se acercó a Gandhi y le preguntó: “¿Cómo es posible que haya soportado todo el viaje al lado de una persona como esa?” La respuesta fue: “Muy fácil, cuando me disponía a levantarme pensé: yo sólo debo soportarlo por un par de horas, mientras que él debe soportarse a sí mismo toda la vida”.

No sé si esta historia es cierta, pero la lección es que nada ni nadie puede robarte tu tranquilidad, tu dignidad; y tampoco nadie ni nada puede herirte, a menos que tú lo permitas. Lo que sí dijo Mahatma Gandhi alguna vez fue: «Ellos no pueden quitarnos nuestro autorrespeto si nosotros no se lo damos».

Entrada tomada de mi E-book “En la Búsqueda de la Excelencia”, pp. 50, 51.

tapa de en busca de la excelencia

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