25 de diciembre de 2007

Momento de evaluar y planear...

Cuando llega diciembre, especialmente en las últimas dos semanas, parece que un ambiente de reflexión se cierne sobre nosotros, aunque, claro está, siempre hay un montón de formas de distraernos, especialmente por el tono comercial que se ven en las fiestas de fin de año.

Sin embargo, es importante utilizar el fin del año para evaluar y planear. Estas dos actividades nos ayudan a ver con claridad lo que hemos logrado durante el año que ya ha terminado (o que está terminando), mientras ponemos nuestra mirada en el futuro, donde queremos estar luego de doce meses de trabajo el próximo año.

Como tu servidor, he tratado por llegar a ti con artículos valiosos, que puedan servirte mientras te desarrollas profesionalmente en la vida, trabajando por elevar tu propia norma, viviendo una vida de excelencia. No dudo que tú, que lees estas líneas, tienes grandes sueños, esas metas que te has propuesto como tu razón de vivir, objetivos que estás dispuesto a cumplir pase lo que pase, porque sabes que el verdadero éxito es que estés cumpliendo con tu misión en la vida.

¿Qué evaluamos?

evaluacion Pero llega el momento de sentarse frete a la mesa de trabajo y evaluar. Esta autoevaluación debe ser franca y medir nuestro avance, no cuánto hemos avanzado (al principio, aunque es necesario saber el cuánto) sino si hemos avanzado. La mayor utilidad de este balance es decirnos que no nos hemos estancado, por eso debe ser franco, porque puede ser que, en nuestro bienintencionado deseo de no sentirnos frustrados, queramos alterar aunque sea un resultado. El hecho es que mientras más íntegros somos con nosotros mismos, mejor capacitados estamos para enfrentar los desafíos de descubrir que hay áreas de nuestra vida que necesitan cambios dramáticos, mientras que en otras áreas somos muy fuertes.

Además de medir si hemos avanzado o no, la autoevaluación nos ayuda a saber, específicamente, en qué cosas debemos mejorar y a cuáles hay que prestarles más atención. De lo que se trata es de establecer parámetros guiadores, a fin de no volver a cometer los mismos errores o, si los cometemos, que podamos saber cómo reaccionar a tiempo para que sus efectos se neutralicen con rapidez.

También, esta evaluación personal, nos hace más responsables con nosotros mismos, después de todo, sólo las personas responsables pueden optar a un estilo de vida de excelencia, ya que son dueñas de sus propios pensamientos, decisiones y actos. Viktor Frankl nos dice que

"sólo puede respondérsele a la vida, siendo responsables de nuestra propia vida",

y hay una gran sabiduría en dicha frase.

¿Qué planeamos?plan

Es innegable el hecho de que no podemos predecir el futuro, pero la verdad está de nuestra parte cuando afirmamos que podemos construir nuestro propio futuro.

Reconozco que hacer esta afirmación nos enfrenta a un dilema: el de todas aquellas cosas que no podemos controlar y que, sin embargo, afectan nuestra vida (directa o indirectamente). Pensemos en el desempleo, el siempre alto costo de la vida, la violencia en las calles y en las casas, el gobierno, los vecinos, etc. De hacer una lista de situaciones que no podemos controlar, nos daríamos cuenta de que tendríamos que gastar mucho tiempo y esfuerzo sin siquiera atisbar a lejos un final para la numeración de quejas. Sin embargo, es pese a esa gran lista de inconvenientes, o quizás gracias a ellos, que nosotros podemos decidir vivir construyendo nuestro propio futuro.

Napoleón Hill nos dice:

"Todo lo que la mente humana pueda concebir y creer se puede lograr."

Esto es verdad tanto para lo positivo como para lo negativo. Lo que pensamos se hace realidad. Recuerdo que hace un par de años, mientras asistía a un seminario sobre motivación dictado por el Dr. Pablo Perla, él nos contó una historia muy interesante: Pigmalión era un gran escultor en Grecia y un buen día hizo la estatua de una mujer. No bien hubo terminado con la estatua se enamoró de ella, y comenzó a tratarla como si fuera una persona. Todos los días le traía flores, la vestía, le hablaba de su amor y de cómo deseaba que viviera con él, hasta que, de pronto, la estatua le habló. La había tratado tanto como a un ser humano, que se convirtió en un ser humano. De allí, el Dr. Perla, nos contó sobre el efecto pigmalión, es decir, el efecto de que las personas se convierten en lo que nosotros pensamos de ellas. Ahora, si es posible que con nuestras actitudes y pensamientos influyamos sobre otra persona, imagina cuánto influimos sobre nosotros mismo con lo que dejamos que domine nuestra mente.

Así que, desde mi punto de vista, el primer paso de una buena planeación es poner pensamientos constructivos en nuestra mente, porque entonces nuestros planes serán constructivos y nos invitarán constantemente al desarrollo.

Luego, claro está, hay que poner por escrito qué es lo que queremos para el nuevo periodo, qué es importante y qué puede ser postergado (con una fecha lo más específica posible), qué esperamos tener y qué estaremos dispuestos a dar para tener.

No importa si el plan parece pequeño, puede ser que sólo tengas dos o tres metas que quieres cumplir a lo largo del año, lo que importa es que lo hagas. En realidad no hay un plan pequeño, porque en el momento que nos decidimos a ser responsables de nuestra propia vida, estamos comenzando a vivir una cultura de excelencia, una cultura que poco a poco se convertirá en nuestro legado para quienes nos rodean.

La evaluación y planeación de nuestra año (y de nuestra vida) es siempre un gran momento, y debe verse con alegría y satisfacción, aunque no conformes, pues crecer es algo que nos sucede todos los días, si estamos dispuestos a pagar el precio. No he tratado en este artículo sobre las técnicas de evaluación y planeación porque hay muchos libros y páginas en la web que lo hacen ya, además, mi propósito es, más bien, hacer una reflexión sobre lo importante que es para nosotros en particular, tomarnos el tiempo para evaluar y planear.

Este es el último artículo de 2007 y sólo deseo haber sido útil a quienes leen estas líneas. Nos vemos en 2008, y recuerda que cada día debe ser vivido en la excelencia, como personas de verdadero éxito, porque lo somos.

Hasta pronto.

11 de diciembre de 2007

Construyendo la Excelencia Personal.


Existe una máxima que es muy conocida y que es excelente para el artículo de esta entrega de “Vivir la Excelencia”. Dicha máxima dice: “Siembra un pensamiento y tendrás un acto; siembra un acto y tendrás un hábito; siembra un hábito y tendrás un carácter; siembra un carácter y tendrás un destino”.

Es una ley muy sencilla, pero es muy poderosa y se ha corroborado una y otra vez en cada una de nuestras vidas. Los hábitos que formamos pueden, literalmente, llevarnos a vivir una vida exitosa o, por el contrario, arrastrarnos al oscuro y frío dominio del fracaso.

Podemos pensar en los hábitos como si fueran la fuerza de gravedad de nuestra vida. Ya sabes, la gravedad es la que nos mantiene con los pies en la tierra y evita que los planetas de nuestro sistema choquen unos contra otros. Es benéfica, da orden y estructura a nuestro planeta. Eso sucede con los hábitos positivos, te dan orden y estructura, te brindan confianza en la realización de tu vida. Pero, cuando nuestros hábitos son negativos, actúan como la fuerza de gravedad evitando que un cohete espacial traspase la atmósfera. Se gastan miles y miles de litros de gasolina, sólo para lograr que la nave espacial logre llegar al espacio exterior. Así, los hábitos negativos, pueden literalmente estancar el avance personal y profesional de cualquier individuo, sin importar la cuna en la que haya nacido.

Destaco estos dos aspectos: el personal y el profesional, porque no son lo mismo, aunque se complementa en gran manera. El hecho es que un hombre o una mujer, pueden ser grandes profesionales, muy competentes, pero al mismo tiempo pueden tener serios defectos de carácter, que menguan su influencia. Es innegable que uno debe cultivar ambas áreas de su vida en forma integral, mas si debiéramos escoger entre una de ellas, la mejor opción siempre es ser la mejor persona que alguien podría conocer.

Y para poder llegar a ser esa clase de persona que todo el mundo conoce por su integridad y dedicación, laboriosidad y perseverancia, no existen atajos, es preciso romper con viejos y perniciosos hábitos y cultivar otros en su lugar, más efectivos, que nos conduzcan al desarrollo continuo. Esa tarea no es fácil, pero brinda satisfacción real a quien decide recorrer el camino del cambio y la mejora continua.

Usando el poder de nuestros hábitos para nuestro propio beneficio.

Ahora, la pregunta que nos debemos hacer es: ¿Qué hábitos puedo formar para que me catapulten hacia el éxito?

No es mi intención sermonear ni dar consejos sin ton ni son, pero si me permites algunas sugerencias, con las que puedes comenzar a trabajar en el desarrollo de hábitos con los que construirás tu Excelencia Personal, te aseguro que no te arrepentirás, porque son cosas sencillas y prácticas que podemos comenzar a hacer ahora mismo.

1. Lee una hora todos los días. La lectura de buenos libros será de mucho beneficio para tu bagaje intelectual. Más aún, para aprovechar al máximo esa hora de lectura, puedes dedicarla a los temas sobre los que estas estudiando tu carrera, o sobre los que estás ejerciendo tu profesión.

2. Toma tiempo para planificar. No es necesario que tengas hojas elegantemente elaboradas para hacer un plan, sólo necesitas papel y lápiz, y la disposición para sentarte a pensar sobre lo que vas a hacer en la próxima semana; luego, cada día puedes tomar unos diez minutos para evaluar las actividades para ese día específico.

3. Cumple contigo mismo. La verdad es que, antes de pensar en andar cumpliendo compromisos para todo el mundo, es mejor comenzar a cumplir con uno mismo. Eso alimenta nuestra propia integridad.

4. Sé bondadoso y generoso. No dudes en servir a otros, cediendo un asiento, ayudando a un anciano, dando dinero a tu iglesia o centro de caridad. Tu bondad y generosidad son verdaderas palancas de éxito, te canjean una creciente influencia, pues quienes te rodean saben que eres una persona de excelencia.

5. Sonríe. Esto parece muy fácil, pero quienes hemos estado bajo presión nos hemos dado cuenta de lo difícil que es sonreír. Esto debe convertirse en un hábito, pues cuando las cosas no marchan como queremos, merced a cualquier mezcla de circunstancias, una sonrisa sincera puede aliviar nuestro propio corazón. No, no nos volvemos conformistas, sólo reconocemos que hay situaciones que escapan de nuestras manos, pero es nuestra decisión volver a levantarnos y construir de nuevo.

Estos cinco hábitos que propongo son a penas un comienzo, de allí, cada uno irá descubriendo nuevas dimensiones sobre las cuales trabajar en dirección a la excelencia y la calidad personal. Y, como ya lo hemos citado en alguna entrega anterior, Miguel Ángel Cornejo nos recuerda que “vivir en la excelencia, nos hará permanecer en las generaciones futuras”.

Gracias por haberme acompañado una vez más, es mi deseo que juntos podamos construir un futuro más próspero y propositivo, recuerda que puedes dejar tus comentarios.

¡Que tengas un gran día!

6 de diciembre de 2007

A veces es difícil… pero es lo mejor.


Bienvenido a una nueva entrega de “Vivir la Excelencia”, estimado lector o lectora, en esta ocasión vamos a sacar algunas lecciones de otro personaje involucrado en la ingeniosa fábula de Spencer Johnson; me refiero a uno de los liliputienses, llamado, Haw. Pero para sacarle el máximo provecho a esta entrega vamos, a hacerle a Haw algunas preguntas importantes. Espero que esta entrevista exclusiva nos ayude a poner en perspectiva, el periodo de cambio que puede estar ocurriendo en nuestra vida.

Gerson E. A. Arenívar: Bienvenido Haw, es un placer conocerte. Quiero agradecerte por conceder esta entrevista a “Vivir la Excelencia.blogspot.com”, porque con ella nos darás lecciones importantes.

Haw: Al contrario, yo quiero agradecer a Vivir la Excelencia y a ti, Gerson, por permitirme compartir las experiencias con las que he aprendido a ser una persona de excelencia.

GEAA: Pues bien, entonces déjame hacerte la primera pregunta: ¿Cómo es la vida en el laberinto? ¿Es diferente de que ves aquí?

Haw: La vida en el laberinto no es diferente de la de aquí. Todos los días hay que salir a buscar el queso especial para uno, enfrentándose a una serie de desafíos, tomando decisiones que, a veces, no resultan nada fáciles; pero he aprendido a ver todo eso como una emocionante aventura.

GEAA: ¿A qué te refieres con eso de “Queso Especial”? ¿No todos buscan el mismo tipo de queso?

Haw: De hecho, no. Cada uno debe tener su propio queso. Lo maravilloso del laberinto es que, si sabes buscar, hay suficiente queso para ti, del que tú quieres. El laberinto me enseño a tener claro qué clase de queso buscaba, si no, nunca lo encontraría.

GEAA: Ya veo. Eso me hace pensar. Ahora cuéntame sobre tu búsqueda de queso y cómo lo encontraste.

Haw: Muy bien. Primero debo decir que, encontrar mi propio tipo de queso, fue una experiencia que me exigió aprender a cambiar. Con mi amigo Hem, habíamos estado encontrando pequeñas cantidades de queso durante algún tiempo. Nuestros vecinos, Fisgón y Escurridizo, a veces estaban muy cerca de nosotros. Creo que su instinto les ayudaba mucho. Pero Hem y yo éramos personitas, así que debíamos ser mucho más inteligentes y aprovechar más el laberinto para obtener nuestro preciado queso. Un buen día, llegamos al depósito Q; nuestros ojos se iluminaron, había tanto queso… y notamos que los dos ratoncitos ya estaban allí; pero no importaba porque era muchísimo queso. “Por fin”, pensé, “todo el tiempo y el esfuerzo que hemos invertido, ha dado sus frutos”. Aún recuerdo las palabras de Hem: “Esto es fantástico” –dijo. “Aquí hay Queso suficiente para toda la vida”

GEAA: Pues les fue muy bien, encontraron queso bastante rápido.

Haw: Sí, eso creímos, pero hasta aquí, a penas vamos por la mitad de la historia.

GEAA: ¡Oh!, perdona la interrupción. Por favor, continúa.

Haw: No hay problema. Pasaron algunos días y Hem y yo establecimos la rutina de levantarnos tarde, ir caminando hasta el depósito Q, comer y disfrutar. Al contrario, Fisgón y Escurridizo parecían siempre andar husmeando todo el recinto al principio de la mañana, luego se quitaban sus tenis pero nos los tiraban como ya habíamos hecho Hem y yo, sino que se los colgaban al cuello. Me parecían muy exagerados. Pero un día ya no los vimos. Y para nuestra sorpresa ¡ya no había queso en el depósito! Yo me pregunté si tal vez los dos ratoncitos se habían dado cuenta de algo que Hem y yo no quisimos ver, pero el dolor y la frustración del momento me impidieron pensar; además, Hem estaba quejándose muy ruidosamente. Yo compartía sus quejas, aunque no las expresaba.

GEAA: No hay duda de que fue algo terrible, pero, ¿cómo saliste de esa situación?

Haw: No fue nada fácil, porque pensé que la vida era injusta, al quitarnos el queso que nos había costado tanto esfuerzo. Me sentí frustrado, pero comprendí que si no cambiaba podía extinguirme. Intenté decírselo a Hem, él no quiso escuchar. Yo sabía cómo se sentía, porque me sentía igual, sin embargo, decidí que no dejaría que mis sentimientos nublaran mis pensamientos. Lo invité a salir de nuevo al laberinto y entonces noté que tenía miedo de volver a fracasar. Yo también tenía miedo, pero me hice esta pregunta: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?” La respuesta era que saldría al laberinto a iniciar una nueva búsqueda de queso, y lo hice. Al principio me sentí débil, vi callejones oscuros y quise regresar con Hem, me desorienté en un par de ocasiones, hasta que encontré un bocado de queso; me aferré a él, lo comí visualizando todo el queso que me esperaba y, un poco más tarde, encontré otro pedazo de queso, y luego, otro más. Corrí a mostrarle a Hem algo del nuevo queso y a darle un poco también, más no lo quiso. Me dijo: “Quiero mi viejo queso y voy a esperar aquí hasta que me lo devuelvan”. Triste, tuve que dejarlo. Entré al laberinto y seguí buscando, hasta que un buen día, encontré un depósito aún más grande que el que habíamos encontrado antes. Fisgón y Escurridizo estaban allí, siempre con sus zapatos al cuello, listo para la acción. Yo decidí que, esta vez, el cambio no me tomaría por sorpresa. Evaluaría y disfrutaría, comería con mis zapatos siempre listos. Tomaría tiempo para estar con mi familia y me prepararía para cambiar, y disfrutarlo, pues el queso no deja de moverse.

GEAA: Ha sido una entrevista maravillosa, no hay por qué añadir ningún comentario. Creo que mis lectores y yo hemos aprendido hoy, que hay que salir al laberinto y buscar nuestro queso. Sólo una cosa más. ¿Qué paso con Hem?

Haw: La verdad es que no lo sé, pero albergo la esperanza de que decidiera aventurarse al cambio. Sólo pido a quienes han leído esta entrevista, que nunca pierdan de vista su propio queso y que recuerden que si el cambio ocurre, eso no es el fin del mundo. Debemos salir de nuevo al laberinto y estar listos para encontrar más queso.

Hasta la próxima entrega… que tengas un día lleno de éxitos.

20 de noviembre de 2007

Fisgón y Escurridizo.


En la entrega anterior hablamos un poco sobre la necesidad de que existan cambios. Incluso dijimos que la experiencia de cambio (crecimiento, desarrollo) puede ser dolorosa, pero quien decide si será positiva o negativa es uno mismo.

Hoy vamos a conocer a dos personajes muy simpáticos; si ya leíste el libro “¿Quién se llevó mi queso?” seguro que los conoces, aunque la participación de ellos parece muy breve, pueden servirnos de ejemplo de cómo detectar el cambio y movernos con él. Esos personajes son los ratoncitos Fisgón y Escurridizo, que tienen como vecinos a dos liliputienses de los que hablaremos después.

¿Dónde vivían? En un laberinto que Spencer Johnson describe así: “El laberinto estaba compuesto por pasillos y cámaras, algunas de las cuales contenían un queso delicioso. Pero también había rincones oscuros y callejones sin salida que no conducían a ninguna parte. Era un lugar donde cualquiera podía perderse con suma facilidad”. ¿Qué buscaban? Un delicioso y variado queso que se ajustara a sus más preciosos deseos. Ocasionalmente encontraban queso, y un buen día llegaron a un depósito donde había más queso del que Fisgón y Escurridizo hubiesen visto en toda su vida. Se instalaron y comenzaron a disfrutar de su delicioso banquete.

Hasta aquí la historia va bien, pero el depósito comenzó a quedar vacío; por “suerte” los dos ratoncitos habían mantenido una práctica constante desde que encontraron aquel lugar: Todos los días, antes de comenzar a comer queso, inspeccionaban todo el sitio y comenzaron a notar que pronto tendrían que moverse de allí. El día “menos pensado” ya no encontraron queso en su depósito, pero en lugar de pensar mucho, pues eran simples ratones con cerebros simples, emprendieron una nueva búsqueda de queso. Fisgón husmea en el aire cualquier cambio de olor que permita saber en qué dirección avanzar y Escurridizo se encarga de entrar rápido en acción hacia donde su compañero señala.

¿Por qué no los sorprendió el cambio? Sencillamente porque “instintivamente” sabían que el cambio vendría en cualquier momento. Claro que disfrutaban del queso abundante que habían hallado, pero sabían que en cualquier momento éste tendría que acabarse. Así que el día que ocurrió el cambio, ellos simplemente cambiaron con él, sin perder de vista cuál era su propósito esencial en la vida: Obtener su preciado queso.

Saquemos nuestras conclusiones.

Esta breve participación de Fisgón y Escurridizo en la fábula de Spencer Johnson, tiene mucho que enseñarnos. Primero, el queso es el éxito, eso que deseamos más en la vida: Tener mucho dinero, terminar con honores una carrera, tener un matrimonio y una familia felices, y más. Cada uno tiene su propio queso especial que está buscando y eso es lo que no debe cambiar nunca en nosotros, es decir, nuestros objetivos deben ser tan claros que puedan iluminarnos en la peor oscuridad.

En segundo lugar, Fisgón y Escurridizo disfrutan con cautela del queso que han encontrado. No, no son paranoicos, más bien están plenamente conscientes de que el verdadero éxito no es una cosa eterna, sino el desarrollo constante de nuestros dones, una cotidiana y bien pensada búsqueda.

Y en tercer lugar, no hiperreflexionan sobre el problema del cambio, porque reconocen que es un asunto “natural” que el queso se termine en algún momento y que deban, en consecuencia, salir y buscar más.

Al analizar éstas tres breves y sencillas conclusiones, obtenidas de los dos ratoncitos, no nos queda más que volver a mirar nuestra propia búsqueda de queso. ¿Cómo están de claros nuestros objetivos? ¿Somos cautelosos y humildes frente al éxito, o lo damos por hecho? ¿Nos rompemos la cabeza preguntándonos por qué nos han sobrevenido las desgracias, o decidimos que es hora de comenzar a movernos en busca de otro queso? Pero hay que entender bien cada una de éstas preguntas, porque quizá saquemos la conclusión errónea de que hay que iniciar otro matrimonio, tener nuevos hijos, echar por la borda toda una vida de carrera institucional y profesional, etc., cuando en realidad lo que necesitamos es un cambio en la manera en que hacemos las cosas y no un cambio de las cosas mismas. Tener la sabiduría para saber cuándo es preciso un cabio de cosas y cuándo el cambio es más bien de métodos (la manera en que hacemos algo), es un desafío, pero aun entonces, una respuesta clara y objetiva de las tres preguntas que se encuentran en este párrafo nos será un buen lugar para comenzar nuestra nueva búsqueda del delicioso queso.

Hasta la próxima entrega, y recuerda que aunque el dolor y la desilusión a veces acompaña al crecimiento, somos nosotros los que decidimos cómo utilizar esa experiencia para hacer de ella un peldaño que nos acerque al verdadero éxito (el desarrollo constante de nuestros objetivos en la vida).

14 de octubre de 2007

El mundo está cambiando… siempre.


¿Qué tal? Estamos en pleno siglo XXI y nos hemos levantado un día normal, para algunos de lluvia, para otros de sol, nublado o nevado, en fin. El mundo sigue girando sobre su eje y alrededor del Sol, tal como lo dejamos anoche; volvemos a nuestros trabajos, a nuestros estudios, etc. ¿En qué nos diferenciamos de las personas que vivieron hace unos 3,500 años? ¿En las herramientas, la tecnología, los desafíos para poder vivir (o sobrevivir)? Claro que ahora somos diferentes, más sofisticados, con mayores adelantos, o ¿no?


La realidad es que, a pesar de todos nuestros adelantos, seguimos enfrentándonos a los mismos desafíos sobre cómo vivir, ser felices, ser más fuertes y superar nuestros obstáculos, cómo alcanzar el éxito y triunfar en la vida. Pero que sean los mismos desafíos no significa que podamos cruzarnos de brazos y esgrimir una “técnica” del pasado, pues es nuestro deber dar nuestras propias respuestas, porque la paradoja es que el mismo mundo en donde vivimos, gira de manera diferente para cada uno.


A partir de esta entrega dedicaremos unos artículos a reflexionar un poco sobre el cambio y sobre la necesidad de adaptarnos a él. Y trataremos de extraer el mayor provecho posible de las situaciones que nos son adversas, que nos quitan la tranquilidad muchas veces, pero que pueden sernos de mucha utilidad a lo largo de la vida.


Necesidad del cambio.


Así que, lo primero en lo que debemos detenernos a meditar un poco es en la necesidad de que ocurran cambios. Una vez leí que alguien preguntaba por el sinónimo de crecimiento y, entre todas las respuestas, alguien dijo: “dolor, crecer es sinónimo de dolor”. Desde entonces he tenido en mi mente esa palabra. Todos quisiéramos que la vida fuese más fácil, pero la verdad es que muchas veces hay que experimentar ciertas cosas que nos resultan negativas, pero al pasar el tiempo nos damos cuenta que sin esas experiencias, seguramente no habríamos madurado.


A propósito de esto, a veces me siento tentado a pensar que en realidad no existen experiencias negativas o experiencias positivas, pues ante todo son experiencias y serán lo que nosotros hagamos de ellas. Lo que importa es el sentido que podamos extraer de esas situaciones que, en alguna ocasión, nos han resultado tan desalentadoras.


Sin embargo, esto no quiere decir que en toda experiencia debamos sufrir, pero estoy casi seguro (abro el espacio de la duda) de que las personas que triunfan en la vida sin que su triunfo se les suba a la cabeza y que, además, saben y pueden servir, son personas que aprendieron la necesidad de cambio en la escuela del dolor, por eso crecieron, maduraron y son capaces de servir a otros que están enfrentando momentos de luchas: familiares, económicas, laborales, etc.


Hasta aquí todo suena ideal, pero ¿qué si he perdido el empleo y tengo esposa o esposo y tres hijos que alimentar? ¿Qué si mi hijo está en el hospital atacado por una grave enfermedad y me han dicho que le quedan unas cuantas semanas de vida? ¿Qué si mi hija fue violada y ahora tiene que llevar en su vientre a un hijo que no desea?


Sin duda estas son preguntas difíciles de responder, porque la naturaleza del sufrimiento es muy extraña, nos golpea con nuestras flaquezas y se burla de nosotros, pero aun entonces, seguimos siendo los únicos que podemos decidir qué haremos con esa experiencia. No puedo ofrecer una respuesta a preguntas como las que he planteado arriba, sin embargo, un escultor judío que logró sobrevivir al holocausto nazi escribió: “¿Tiene algún sentido el sufrimiento? Sí tiene sentido, si le cambia a uno y le hace mejor” (ver Psicoanálisis y humanismo de Víktor E. Frankl). No es una cita fácil de digerir, pero recomiendo meditarla al menos unos minutos.


Por tanto, aunque los cambios no tienen porqué ser dolorosos, la mayoría de ellos sí lo son. Pero es una necesidad para nuestro desarrollo que haya cambios que nos “obliguen” a ver la vida desde otra perspectiva, impulsándonos a buscar nuevas formas de hacer frente a los desafíos que vendrán en nuestro camino. Y si por un momento nos parece que la Tierra se salió de su eje y se dirige a la destrucción final, sólo toma un respiro piensa que tal vez hay algo que aprender de toda esa situación, aunque lo hagas con un nudo en la garganta. Ten ánimo, muchos de nosotros hemos pasado o estamos pasando por momentos de crisis y, aunque hemos llorado, creemos que no vale la pena detenerse, porque el mundo seguirá cambiando, una y otra vez, y sólo si estamos listos podremos tomar la delantera.



Que pases un gran día.

5 de octubre de 2007

Se supone que sea difícil…



Hace algunos días tuve la oportunidad de ver parte de una película de Tom Hanks; estaba ambientada en la época de la guerra de Vietnam, y trataba sobre la liga de beisbol femenina que se inició en ese tiempo (la película se llama: A League of Their Own).


En una escena que llamó mi atención, la actriz Geena Davis, quien interpreta a la mejor jugadora de beisbol, Dottie Hinson, decide retirarse para irse a vivir con su esposo que ha regresado de la guerra, tener hijos y criarlos. Tom Hanks, el entrenador, pregunta la razón para su retiro ahora que están en la serie mundial y pueden ser campeones. Ella responde con un simple: “se puso difícil”. Entonces Hanks pronuncia lo que considero la declaración de misión de los verdaderos triunfadores: “Se supone que sea difícil, si no cualquiera lo haría”.


El problema de quejarse.

He pensado mucho sobre esa frase desde que la escuche, he visto a mi alrededor las circunstancias que me rodean y me he dicho: Se supone que sea difícil. Pero también he tenido que ver a muchas personas que pasan por la vida y se quejan cuando ésta se pone un poco dura. Hay quienes llegan a considerarse meras víctimas, y lo son, pero no de la vida o las circunstancias, sino de sí mismos, porque simplemente se han sentado a esperar que el viento sople a su favor.

El problema de esperar que el viento sea favorable, en lugar de trabajar por labrar la oportunidad que vamos a aprovechar, es que cuando la oportunidad llega no estamos listos, porque estamos más habituados a esperar.

¿Qué es mejor: avanzar aunque sea un paso por día, incluso si es un poco penoso, o esperar en una estación fantasma a que pase el tren ilusorio de la buena suerte? ¿Quién es exitoso: el que se arriesga y cae en algunos tramos del camino, pero se levanta, o el que cree que puede acertar en una sola oportunidad, pero que no se prepara?

Cuando a alguien con altos estándares de vida le va bien, las personas alrededor actúan de formas variadas: unas se conforman, como si la victoria de esos pocos excelentes se debiera a una disposición especial de las “estrellas” que ellos no tienen; otros, se quejan de que esa “buena suerte” no les tocó a ellos, y piensan que la vida no ha sido justa; pero algunos pocos se dan cuenta de que ahora es el turno de ellos, para crear una oportunidad, para elevar los estándares y perseguir con todas las fuerzas sus sueños. ¿En qué grupo de estos tres nos encontramos?


El problema de quejarse es que las quejas nos atan a las circunstancias, nos vuelven víctimas, nos alienan de las oportunidades, nos desmoralizan frente a los desafíos; luego, simplemente nos conformamos con la “mala suerte” que nos ha tocado.

Aprendiendo.

Pero la buena noticia es que podemos cambiar ese paradigma y comenzar a ver la vida desde otro cristal. Sin embargo, esa decisión requiere valor y, quizás más que eso, voluntad para querer ver de otra manera.

Ahora bien, ¿de quién debemos aprender? Alfred Nobel dijo una vez que “la persona inteligente aprendía del fracaso”. Pero más recientemente, Miguel Ángel Cornejo dijo que “la persona verdaderamente inteligente aprendía del éxito”. Me parece que ambas declaraciones están en lo correcto y se complementan (dejo a cada uno para que las reflexione con calma). Así que tenemos mucho de donde aprender, porque la vida siempre sigue y no podemos darnos el lujo de quedarnos estancados. Hay que comenzar a hacer algo, por pequeño que parezca, para encontrar nuestra propia oportunidad. Y si las cosas se vuelven difíciles, siempre recordemos que “se supone que sea difícil, si no cualquiera lo haría”.

Que tengas un gran día.

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